La educación ambiental no nace en los salones de clase ni únicamente en los grandes laboratorios; muchas veces surge en los lugares más cotidianos: un recreo escolar, una conversación con un profesor, una duda que nadie se atreve a preguntar. Así comenzó la historia de Pregúntale al Biólogo, un proyecto que hoy inspira a miles de personas a entender la vida desde la curiosidad, la empatía y la responsabilidad con el planeta.
Su creadora, Dulce Díaz, convirtió esa chispa inicial en una misión: acercar la ciencia a todas las personas, desmontar mitos, combatir la desinformación y demostrar que aprender sobre nuestro entorno es una herramienta poderosa para transformar la manera en que habitamos la Tierra. Esta es la historia de cómo una niña curiosa encontró su camino y creó uno de los espacios digitales más valiosos para fomentar la educación ambiental y a quienes buscan reconectar con la naturaleza.
¿Cómo nace Pregúntale al Biólogo?
Muchas personas siempre me preguntan: “¿Por qué se llama Pregúntale al Biólogo y no a la Bióloga, si tú eres mujer?”
La respuesta es una historia bonita. En realidad, Pregúntale al Biólogo comenzó cuando yo era muy niña, como a los 12 años, la primera vez que llevé la materia de biología en la secundaria. Quien me daba clases era un profesor súper icónico: explicaba con muchísimo humor, empatía y cero juicio. Le podías preguntar lo que fuera.
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Yo veía que a muchos de mis compañeros les daba pena hacer ciertas preguntas en voz alta, así que decidí abrir una página de Facebook donde pudieran escribir sus dudas de forma más anónima. En el recreo yo iba con el profe, le preguntaba todo, tomaba nota mental y luego respondía en la página a través de posts o memes para que todos pudieran aprender de esas dudas.
Con el tiempo, ese biólogo se jubiló. Ahí fue cuando decidí seguir con el proyecto por mi cuenta… pero seguía siendo una morrita. No sabía distinguir bien entre información científica real y todas las “fake news” que circulan en internet. Empecé, como muchas personas, compartiendo infografías mal hechas, por ejemplo, esas típicas de “cómo distinguir serpientes venenosas de las que no lo son”, cuando en biología la excepción es la regla.
Varios biólogos empezaron a criticar mi contenido. Algunas críticas fueron válidas, otras venían desde la soberbia de la academia hacia una morra joven que no tenía aún todos los recursos ni los contactos. Pero en medio de todo eso entendí algo clave: compartir información es una responsabilidad enorme, aunque “solo sea” en redes sociales. Ahí decidí pausar el proyecto y prometí que solo publicaría información que pudiera corroborar con otras personas especialistas… cosa que a esa edad tampoco era tan sencilla, porque el acceso a comunidad científica, libros y artículos no es igual para todos.
Con el tiempo me fui enamorando cada vez más de la vida, de tratar de entenderla, y en especial de las tortugas marinas, que me parecen seres profundamente intrigantes. En paralelo había una pregunta que me hacía mucho:
“¿Por qué quienes narran documentales o salen con animales en la tele son casi siempre hombres?”
Prácticamente no veía representación femenina en esos espacios, mucho menos mujeres latinoamericanas o de clase trabajadora. Uno de mis sueños empezó a ser tomar ese lugar y ocuparlo desde otra mirada.
Decidí estudiar Biología. A mis papás no les pareció una idea tan cool en su momento —porque también hay una presión económica real, el miedo al desempleo, la idea de que “de eso no se vive”— pero esa es otra historia. En la universidad aprendí lo que yo llamo las bases estructurales de mi trabajo: filosofía de la ciencia, metodología de la investigación, pensamiento crítico. Aprendí muchas otras cosas, pero esas fueron el cimiento para entender después que lo que venía haciendo desde niña tenía nombre: divulgación de la ciencia y educación ambiental.
Con esas herramientas decidí retomar el proyecto en Facebook y luego también en YouTube e Instagram. Ya había algunas personas hablando de biología y me inspiraban mucho (y me siguen inspirando hasta la fecha). Empecé a crear contenido verificando todo lo que compartía, pero sentía que el crecimiento era muy lento. Las plataformas también están diseñadas para premiar el chisme, el consumo y el espectáculo, no precisamente la educación.
Un día mi hermana, Coral Díaz, que era súper fan de TikTok desde hace años —yo pensaba que solo eran chistes y bailes— llegó indignada a enseñarme videos de gente haciendo cosas terribles con animales solo por likes.
Me indigné muchísimo y me sorprendió que no hubiera casi nadie explicando por qué eso estaba mal. Entonces le dije: “A ver, a ver, enséñame a usar TikTok.”
Ella me enseñó lo básico de la plataforma y yo empecé a aprender por mi cuenta sobre marketing digital, narrativa, ventas y herramientas para hacer mejor mi trabajo de creación de contenido, todo esto mientras seguía estudiando la universidad. TikTok estaba creciendo y lo vi como una oportunidad: una plataforma relativamente nueva en México, menos saturada que YouTube, donde la educación pudiera entrar por la puerta lateral del entretenimiento.
Además, al preguntar a mis seguidores —así, en corto, sin encuestas formales— me di cuenta de que mucha gente prefería aprender con videos cortos y claros, más que con textos largos. La evidencia me decía que ese era el camino.
Cuando me gradué, decidí seguir formándome: herpetofauna, herbolaria, divulgación científica, cosmética natural, micología… Para mí Pregúntale al Biólogo es justamente eso: un proyecto diverso, vivo, que cruza ciencia, saberes tradicionales y cuidado colectivo. Aprender sobre la vida y sus aplicaciones se convirtió en mi pasatiempo y en mi trabajo favorito.
Hoy, además de Pregúntale al Biólogo, tengo dos proyectos alternos:
• @hablemosdesetas, donde enseño sobre el mundo de los hongos y cómo cultivar tu propia comida.
• @almonte.hike, que abrí junto con mi novio, donde llevamos a la gente de excursión y expedición para aprender y conectar con la naturaleza desde la ciencia… y desde lo que cada quien trae en el corazón.
Mi deseo es que estos proyectos sigan creciendo muchos años más y, sobre todo, que sigan estando al servicio de la gente y de los territorios, no solo del algoritmo.
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¿Por qué crees que es importante la educación ambiental en las nuevas generaciones (y a las viejas) sobre el impacto ambiental que estamos teniendo?
Yo no diría que es solo importante: es indispensable. Cada acción que realizamos en el día a día tiene un impacto, positivo o negativo. El problema es que vivimos en un sistema que nos ha hecho olvidar que formamos parte de la naturaleza. Nos vendieron la idea de que vivimos en una especie de mundo artificial separado del bosque, del río y del suelo… cuando en realidad todo eso nos sostiene.
El capitalismo y el consumo aspiracional nos reconfiguraron las prioridades: nos preocupamos más por la ropa de marca, el coche del año, el último videojuego o las tendencias de maquillaje, que por la calidad del agua que tomamos o el aire que respiramos. Nos hicieron creer que necesitamos todas esas cosas para “tener éxito”, para pertenecer, para “valer”. Pero el éxito que se vende es profundamente clasista: no todas las personas podemos acceder a esas cosas, y además, aunque pudiéramos, el costo ambiental y social recae casi siempre en las comunidades empobrecidas, no en quienes acumulan la riqueza.
En redes sociales esto se multiplica: influencers con millones de seguidores fomentando la inconsciencia, promoviendo consumo sin hablar de las condiciones laborales, de los territorios saqueados, del agua contaminada, de los bosques talados para sostener esa “vida ideal”. Y todo eso desplaza lo realmente esencial: agua limpia, aire respirable, tierra fértil para sembrar comida. Si protegemos eso, ganamos salud física, salud mental y futuro. Si lo destruimos, no hay maquillaje, auto ni gadget que lo compense.
Somos seres vivos, parte de un sistema vivo. Y cuando una especie deja de ser funcional en un ecosistema, la naturaleza no dialoga: aplica extinción. Eso no está tan lejano como a veces creemos. Muchas veces queremos dejar el problema a las “generaciones futuras”, pero el planeta está así precisamente porque las generaciones anteriores pensaron que no iba a ser tan grave.
Es momento de romper ese patrón y ver la vida como realmente es: algo que está ocurriendo hoy, no en un futuro abstracto. Concientizar es construir resistencia; es recordar que no hay “planeta B” y que la Tierra no es un recurso, sino nuestro hogar compartido.
Desde la biología sabemos que estamos hechos de los mismos elementos que plantas, hongos, animales y microbios: los famosísimos CHONPS. Cambia la combinación, cambian los genes, cambia la forma… pero la materia prima es la misma. Esa es la forma científica de decir que somos parientes.
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Entonces, si somos parte de lo mismo, ¿por qué elegimos, acción tras acción, destruir aquello que nos sostiene? La pregunta que me guía es: si ya vamos a tener impacto, ¿cómo hacemos que ese impacto sea lo menos dañino posible y, si se puede, reparador? Esa es la conciencia que necesitamos cultivar en la educación ambiental, tanto en nuevas generaciones como en las que hoy siguen tomando decisiones de poder.
¿Qué le dirías a las personas que quieren iniciar su carrera en biología o carreras afines?
Lo primero que les diría es: pregúntate por qué lo haces. No para que me des la respuesta a mí, sino para que la sostengas tú cuando vengan los momentos difíciles.
En mi caso, yo lo sentí como un “llamado”. No lo sabía explicar muy bien, pero imaginar las salidas de campo, los experimentos, las noches sin dormir tratando de entender cómo funciona la vida, me llenaba el corazón. Quería responder preguntas como ¿cómo? y ¿por qué? funciona todo esto que llamamos vida.
Pero no voy a romantizar: no es un camino fácil. Desde el inicio probablemente te vas a enfrentar a muchos problemas que se van complejizando: falta de recursos, pocas oportunidades laborales, recortes a la ciencia, burocracia, machismo en el gremio, etc. Yo considero que estudiar biología es, hasta cierto punto, una decisión medio anarquista: tienes que cuestionarte todo, incluso la forma en que los humanos nos hemos puesto en el centro de la historia.
Vivimos en un mundo lleno de incongruencias: se destruyen ecosistemas mientras se habla de “desarrollo”, se recorta presupuesto a ciencia mientras se subsidian proyectos extractivistas. Decidir estudiar biología es, de algún modo, ir un poco contra ese sistema y aprender a fluir con la vida más que con el mercado.
También puede pasar que tu familia no esté de acuerdo. A mí me pasó. Hay un miedo real al desempleo, a la precariedad laboral, y es un miedo válido. Por eso es importante que te escuches: si es lo que realmente quieres, la perseverancia puede hacer el camino más transitable, pero no va a desaparecer las dificultades estructurales.
El campo laboral en biología es amplio, pero no suele ofrecer sueldos extravagantes. Hay excepciones —conozco biólogas y biólogos que les ha ido muy bien económicamente con mucha creatividad, algunos se han vuelto empresarios haciendo cosas interesantes como renta de polinizadores nativos, proyectos de restauración, consultorías socioambientales, divulgación profesional, etc.— pero la regla general es que ser científico o divulgador en un país como el nuestro, con tanta desigualdad, no es el camino más fácil si tu prioridad es acumular dinero.
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Y aquí entra la conciencia de clase: no se trata de romantizar la pobreza ni de decir “el dinero no importa”. El dinero importa porque comemos, pagamos renta, cuidados y tiempo con dinero. Lo que sí planteo es que, si eliges biología, muy probablemente tendrás que redefinir qué es “éxito” para ti y dejar de medirlo solo en términos de consumo. Si lo mides en experiencias, impacto, trabajo comunitario, autonomía, quizá te haga más sentido.
Cuando yo decidí ser bióloga, también me preguntaba de qué iba a vivir. Con el tiempo, y mucho trabajo, encontré la forma de vivir de la comunicación de la ciencia. No fue rápido, no fue fácil, y aún hoy es un equilibrio constante, pero hasta ahora he logrado sostenerme con eso. Desde un inicio empecé a construir mis propios proyectos, en lugar de intentar encajar únicamente en un sistema laboral que ve a la naturaleza como un recurso infinito en un planeta finito.
Hay una frase que siempre me dijeron: “Te vas a morir de hambre.” Yo suelo responder con ironía: “si hay una carrera que genuinamente podría saber cómo no morirse de hambre, es biología”.
Puedes aprender a cultivar tu propia comida, diseñar sistemas verticales, crecer tus propias setas, cosechar agua de lluvia y asegurarte de que no tenga microbios patógenos usando medios de cultivo caseros. De hambre, honestamente, es difícil que te mueras si aplicas lo que sabes. Pero si tu meta es volverte absurdamente millonario, llenar de coches de lujo un garage, quizá este no sea tu camino… y está bien admitirlo.
Si, en cambio, quieres entender la vida, cuidar territorios, trabajar con comunidades y cuestionar la forma en que vivimos, entonces sí: bienvenida, bienvenido, bienvenida sea a este lado de la historia.
¿Cuál ha sido tu mayor reto en la comunicación de estos temas?
Al principio, mi mayor reto fue discernir la información real de la falsa. Cuando empecé, no tenía el mismo acceso a artículos científicos, libros especializados o redes de colegas que tengo ahora. Y aun hoy, la desinformación corre mucho más rápido que cualquier video mío.
Después vino otro reto: aprender a hacer eficiente el contenido, entender cómo funcionan las plataformas para que el mensaje llegue realmente a la gente. No basta con tener razón científicamente; si nadie te escucha, el impacto es mínimo. Hay que aprender sobre algoritmos, formatos, narrativas, tiempos, ganchos… todo eso que en teoría no es “ciencia”, pero que determina qué contenido se ve y cuál se pierde en el fondo del feed.
Otro reto ha sido mantener la profundidad sin volverme elitista. Es fácil caer en la tentación de hablar “difícil” para sonar más académica, pero eso excluye a mucha gente que no tuvo acceso a ciertos privilegios educativos. Para mí la divulgación y educación ambiental, con conciencia de clase, implica traducir la ciencia sin tratar a la gente como tonta, respetando sus saberes, sus formas de hablar y su contexto.
También ha sido un reto manejar el hate y las resistencias. Hay personas que se sienten atacadas cuando les dices que algo que llevan toda la vida haciendo está mal para los animales o los ecosistemas. Y desde la academia también hay quien descalifica a quien hace divulgación en redes, como si usar TikTok fuera “rebajarse”. Navegar esas tensiones sin perder el foco —que es la defensa de la vida— ha sido todo un aprendizaje emocional y político.
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Y, por último, un reto grande es cuidar mi salud mental mientras me mantengo informada sobre crisis climática, extinción, destrucción de ecosistemas. La ecoansiedad pega. Ver cómo se repiten patrones de injusticia ambiental, cómo se decide desde el poder sacrificar territorios y comunidades, cansa. Y aun así, hay que convertir ese dolor en algo que construya, que acompañe, que motive a la acción y no solo al desgaste.
¿Cuál es tu recomendación #1 para empezar a tener una vida en equilibrio con el planeta?
Mi recomendación número uno es muy simple, pero muy poderosa:
pregúntate siempre: “¿Realmente necesito esto?”
Parece una pregunta chiquita, pero es profundamente política. Porque la mayor parte de las veces la respuesta es “no”. Cuestiona tus prioridades de consumo:
- • ¿Lo estoy comprando porque realmente lo necesito?
- • ¿O porque me vendieron la idea de que “lo necesito” para tener personalidad, estatus, autoestima?
- • ¿Qué tuvo que pasar para que este producto llegara a mis manos? ¿Qué materiales, qué agua, qué energía, qué trabajo humano, bajo qué condiciones?
Empezar a cuestionar nuestra forma de consumo es una puerta de entrada importante. Pero hoy ya no basta con solo “no consumir tanto” o intentar ser “sustentables” a nivel individual. Estamos en un punto en el que es necesario preguntarnos también:
“¿Cómo puedo devolverle más a este planeta de lo que tomo de él?”
Ya no es suficiente con reciclar o separar residuos, que además muchas veces termina siendo responsabilidad individual mientras las grandes empresas siguen contaminando sin freno. Si está dentro de tus posibilidades, puedes:
- • Participar en voluntariados ambientales o brigadas comunitarias.
- • Manifestarte contra empresas ecocidas y megaproyectos que destruyen territorios.
- • Investigar los proyectos que se quieren desarrollar en tu región y sus impactos a corto, mediano y largo plazo, especialmente en comunidades campesinas e indígenas.
- • Apoyar iniciativas locales: cooperativas, huertos urbanos, economía solidaria.
- • Informarte desde fuentes diversas, no solo desde la publicidad oficial.
Y algo que repito mucho es: desconfía de la publicidad, desconfía de los gobiernos, desconfía de quienes quieren decirte exactamente cómo pensar. No porque todo sea falso, sino porque casi todo tiene un interés detrás. Forma tu propio criterio preguntándote: “¿Qué impacto quiero generar con mi vida?”
Todas nuestras decisiones tienen consecuencias. No vamos a ser perfectos, porque estamos metidos en un sistema que nos atraviesa por todos lados. Pero sí podemos decidir con más consciencia qué tipo de consecuencias estamos dispuestas a cargar en la conciencia.
Si partimos de esa pregunta —“¿realmente necesito esto?”— y la combinamos con otra —“¿qué mundo ayuda a sostener esta decisión?”— ya estamos dando un paso enorme hacia una vida más coherente con el planeta… y con la gente que lo habita. 🌎✨
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